Hay un cuento de Italo Calvino titulado “La nube de smog” (1958). En él, un periodista llega a una fea ciudad industrial italiana para trabajar en una revista titulada Purificación, dedicada enteramente al problema de la contaminación atmosférica, que oscurece el cielo y se posa sobre todas las cosas como una fina capa. Desde que lo leí, pareciera que hubiera tomado conciencia de mi propia situación como periodista en un pueblo industrial, igualmente contaminado.
Sostiene Calvino, en prólogo a su cuento, o advierte, mejor, que será se trata de un cuento gris, sórdido, afectado de grisura. Sórdido le parece una palabra justa para aquella atmósfera, que significa sucio, mugriento, oscuro y viene del latín sordidus, oscuro, sucio. Advierte que en francés hay una palabra también muy adecuada, traducida al español como “grisalla” (del francés grisaille) que se refiere a una técnica medieval consistente en pintar las cosas de un color piedra, en escala de grises: “solo era capaz de ver la grisalla, la miseria de lo que me rodeaba y de meterme dentro”, dice el personaje del cuento, más resignado que combativo. Tras pasar un tiempo en un lugar así, y Girardota es un lugar así, uno siente que el alma, el ánimo, el ser interior, adquiere esa tesitura. En las ciudades contaminadas, no solo es gris el cielo, también la gente es gris, el ánimo es gris. Algo que todos hemos experimentado, la depresión de estar en un lugar deprimente, junto a un río putrefacto proveniente de la ciudad, una cloaca o un bosque seco. El alma aquí es como ese gato del cuento, que de andar por las terrazas y tejados, cada vez que vuelve a casa está gris, “como si absorbiera todo el polvo y el hollín del barrio”. Así fue mi juventud en aquel pueblo cubierto de smog al norte del Valle de Aburrá. Estaba tan asfixiado por aquella atmósfera oscura, que me sentía viviendo en un cuento gótico. Estaba embebido de grisalla. Eso tiene, acaso, la atmósfera, que no es un fenómeno externo a nosotros, sino que nos atraviesa.
Ahora, nuestra atmósfera está seriamente comprometida por la civilización humana, basada en la quema de combustibles fósiles. Hemos arrojado a ella tantos gases de efecto invernadero, que hemos logrado cambiar el clima de la Tierra, calentándola a velocidades alarmantes, poniendo en riesgo su habitabilidad y la de los demás seres vivos, que hoy se extinguen a gran velocidad a causa de ello. Cada día puedo observar cómo hacemos esto, observándolo desde mi casa en la montaña, muy por encima de la nube de smog.
En algún punto del cuento de Calvino, el narrador describe la nube como de un “color indefinido, no sé si tirando al marrón o al bituminoso”. Aquella nube, seguramente, estaba compuesta exclusivamente de combustión de carbón, la mía tiene un elemento diferencial con relación a otras nubes, su toque azulado, justamente el azul marino que produce la empresa de pinturas (conocida por su nombre antiguo, Pigmentos S.A., pero hoy llamada de otro modo). Cuando el personaje de Calvino puede observar aquella nube desde un punto alto, como el mío, no puede dejar de notar eso mismo que vengo diciendo, la perplejidad de ver, desde afuera, “la nube que me rodeaba todo el tiempo, la nube en la que vivía y que vivía en mí”. Una vez que se ha tomado conciencia de la nube, esta pasa a ser parte de uno mismo. Claro que hay gente que parece impermeable a la nube, que no la ve, así parecen los funcionarios encargados de “administrarla”, o “reducirla”. Más sin embargo, para el narrador de Calvino y para mí, “lo que importaba era todo lo que había dentro del smog, no lo que quedaba fuera: sólo sumergiéndose en el corazón de la nube, respirando el aire neblinosos de esas mañanas, se podía tocar el fondo de la verdad y tal vez liberarse”.
Estamos, pues, dentro de la nube, en busca de “liberarnos” de ella. Y no hay otra forma.
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La Ecología Oscura, de Timothy Morton, parece adecuada para pensar la nube de smog más allá de mis propias impresiones, en el fondo, insuficientes y hasta vanas. Y también más allá de la literatura. En el fondo, lo que quisiera es pensarla más allá de los datos que día a día se recogen sobre ella, según exige la Ley, una Ley para gestionarla, más que para buscar su disolución, puesto que esto implicaría acabar con la industria misma y con el sistema de transporte. Es decir, con el modelo económico imperante, el capitalismo y su ideología. Pero, lamentablemente, las viejas teorías revolucionarias hoy parecen inadecuadas. No solo tenemos que enfrentarnos ya contra el paradójico desarrollo “sostenible”, sino contra el control total de la intimidad y la mediación total de nuestras relaciones por parte de los dispositivos electrónicos y una terna de empresas radicada con sede en California, en el Valle de la Silicona. Una nube sórdida se advierte en nuestro futuro. ¿Podremos atravesarla, sin perecer?
Como la ecología mortoniana, también estoy hablando aquí de algo oscuro. Ya lo dijimos, aludiendo a Calvino, algo sórdido. Yo mismo tengo la cabeza envuelta en una nube. Cada día es más difícil mantener la concentración en algo, estamos perdiendo, también, esa batalla por la atención. A la larga, tanta contaminación termina por llegar al pensamiento, configurando así un pensamiento contaminado, confuso, sórdido.
Las nubes son cosas indefinidas, sin límites precisos. Es una cosa u objeto que se adapta perfectamente a lo enunciado por la ontología orientada a objetos como no del todo transparente. La atmósfera no lo es. Siempre hay algo que no se deja ver en su interior, que no sabremos nunca sobre ella. Pienso en un poema de Wislawa Szymborska titulado “Nubes”, que comienza así: “Con la descripción de las nubes/ debería darme mucha prisa, después de una milésima de segundo,/ dejan de ser esas y empiezan a ser otras”. Esa condición volátil de las nubes aparece en Baudelaire como su objeto más amado, en “El extranjero”, cuando dice:
-Quiero a las nubes..., a las nubes que pasan... por allá.... ¡a las nubes maravillosas!
Las nubes qué pasan. Así como las nubes de agua pasan, también las nubes de smog pasan, no se quedan, sino por un instante, y después un viento se las lleva. Son lo pasajero. Pero aquí, lo pasajero que vuelve cada día. Y en su transcurso, nos impregna, nos enferma, nos mata. Cada vez sabemos más sobre esto, ya están calculados los costos en vidas, los costos económicos. Pero no sabemos cuánto costará volver al valle sin nubes de smog. No lo sabremos nunca, porque equivaldría un valle sin nosotros.
Estamos atrapados en un extraño un bucle, tal y como señalaba Timothy Morton. Cuando uno observa, desde la montaña, esta cosa, ve cómo entra por el norte, y cómo sale por el sur de la cuenca, pero ello no es del todo un principio y un fin de la nube. Las nubes comparten propiedades de la atmósfera, son, por usar una metáfora, como ovejas en ese pastizal que es la atmósfera, ovejas negras, claro está, y flotantes, mecidas por el viento. Viéndolas pasar, nos adormecemos, parecen no pasar, su transcurrir está a otra velocidad. Como el Cambio Climático, al decir de Morton, citando a Naomi Klein, las nubes son lentas, nosotros rápidos. Aquí, es justo pensar también a otra escala de tiempo: “Nos enfrentamos a la tarea de pensar a escalas
temporales y espaciales que nos resultan poco familiares” (Morton, 2019, p. 38).
Las nubes son algo más que vapor de agua y, ahora, depósitos flotanes de vapores letales y polvo. No por nada, escribió Borges: “No habrá una sola cosa que no sea/ una nube…”. Vió en ellas, tambíen, nuestra condición pasajera. “La numerosa/ nube que se deshace en el poniente/ es nuestra imagen…”. Entrevió en ellas su condición extraña:
¿Qué son las nubes? ¿Una arquitectura
del azar? Quizá Dios las necesita
para la ejecución de Su infinita
obra y son hilos de la trama oscura.
Quizá la nube sea no menos vana
que el hombre que la mira en la mañana.
En el principio, podría decir la Biblia, fue una nube. Ellas están al principio y estarán al final, cuando seamos nuevamente polvo. Del sistema solar, cuando el sol lo consuma, quedará también una nube. ¿No se originan como nubes las estrellas y después los planetas?
La atmósfera, pasto sobre el que se reproducen estas ovejas misteriosas, es algo más que un fenómeno terrestre. Pienso por ejemplo la música ambient, cuyo énfasis está en crear una atmósfera de sonido, es decir, una especie de envoltura. O la atmósfera en literatura como un “clima emocional”. Está ahí como síntoma de la interconexión de todo, de la malla. “La atmósfera –continúa Norton, en Pensamiento ecológico (2018)– nos indica el aquí y el ahora, de manera tan convincente que va más allá del contenido explícito… hace que nos replanteemos nuestras ideas acerca del espacio”.
Ejemplo de ello es que a nivel local, cuando alguna empresa votaba una fumarola tóxica, el secretario de medio ambiente decía que había hecho lo que podía hacer, llamar al Área Metropolitana, es decir, nada. Es decir, solo informaba a la autoridad mayor, al otro lado de la montaña, en la ciudad. Un fenómeno local desbordaba la lógica del lugar, se salía de la jurisdicción, es por ello que la atmósfera se “administra”, se agencia, desde el Área Metropolitana, que es la autoridad ambiental para los 10 municipios del Valle de Aburrá. Después nos dimos cuenta lo lejos que estaban de comprender el fenómeno de la contaminación atmosférica local, tenían un sesgo, pensaban que aquí era como allá, eso se expresaba en términos de que el 80% de la contaminación atmosférica en el Valle de Aburrá era debido a los gases vehiculares, y solo el 20% era debido a las industrias. Aquí era al contrario. Tuvo que demostrarse en los tribunales, fui parte activa en ese proceso mediante el cual, en segunda instancia, un juez del Consejo de Estado falló a favor de descontaminar el aire de Girardota.
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Varios de conceptos nos sirven para aproximarnos a la nube, en su forma humana, de smog. Porque como ese artista, Berndnaud Smilde, que fabrica nubes para fotografiarlas, las nubes de smog son una juiciosa fabricación de la industria humana, una ready made colectiva y mortífera. De ella provienen cientos de cosas que usamos a diario, nos desplazamos, produciéndolas, limpiamos el baño gracias a ella, con productos cuya manufactura las necesita. Las nubes son nodos flotantes de la malla, interactuando con todos nosotros, con el bosque, el agua, el suelo, etc. En China, según Nature, para comprobar la efectividad de sus políticas contra la contaminación atmosférica, miran la acumulación de metales pesados en el suelo, que han puesto allí las nubes, a través de la deposición o de las lluvias ácidas. Hace algunos años, durante los llamados “episodios críticos” de contaminación atmosférica en el Valle de Aburrá, salió a colación que el fenómeno podía deberse a una nube de arena proveniente del Sahara, en África. Creímos que era un chiste. Pero resultó siendo verdadero, África venía compartiendo materia orgánica con el Amazonas gracias a una corriente de aire intercontinental. Las nubes son trasatlánticas, planetarias. Y también cósmicas. Se sabe que el sistema solar atraviesa una nube llamada Nube Interestelar Local, que tiene un diámetro de 30 años luz.
Son inabarcables.
Norton ha visto en el calentamiento global como hiperobjeto. Este, a su vez, producto de otro hiperobjeto que llama Agrilogística. Un hiperobjeto es un objeto a una escala temporal y espacial vasta, incluso inabarcable a escala humana. Así en el tiempo como en el espacio. También desbordan nuestra comprensión. Frente a la nube de smog nos hemos sentido de muchas formas, una de ellas es ignorantes. Otra, responsables, también impotentes. Si esta nube tiene efectos sobre la salud, por ejemplo, es apenas algo que podemos suponer. Los tecnócratas han esgrimido cada que pueden este argumento, que recuerda los reparos de Hume contra la causalidad, pues cualquier efecto sobre la salud podría tener múltiples causas, además de la contaminación atmosférica. Así, la industria contaminante se ha salvado de tener que invertir, por ejemplo, en pruebas de espirometría, que aquí y allá revelan condiciones pulmonares disminuidas merced a la exposición crónica a nubes distintas. Se sabe, en células in vitro, su potencial mutagénico. 60 años de industrialización en Girardota, dejarán efectos que van más allá de una sola de nuestras generaciones humanas. Así mismo, dice Norton, “el cambio climático –el fruto de dos siglos de industrialización–podría modificar la tierra durante miles de años” (Morton, 2018, p. 157).
Para salir de un problema tal, la solución planteada por Norton pasa por “pensar en grande” y colectivamente. La contaminación atmosférica es aquí un residuo del desarrollo “sostenible” de los capitalistas, que nos fue impuesto ni representa el horizonte final de la política y la ecología. Pensar en grande aquí es pensar, contrariando a Jameson, que es más fácil pensar el fin del capitalismo que el fin del mundo.
Hace poco estalló un tanque de almacenamiento en una empresa contaminante muy conocida en una vereda de Girardota. Todos lo vivimos como un acontecimiento. Fue apoteósico, jamás habíamos visto una columna de humo de tal tamaño. Yo mismo la grabé para un documental que estaba realizando. Fue un accidente mortal para unas personas, pero irónicamente feliz para el resto. Una catástrofe dio echó a rodar la química que dio como resultado la atmósfera y desarrolló el pulmón humano. Nosotros fuimos después una catástrofe para el clima. Otra catástrofe nos salvará de nosotros mismos. Somos catastróficos. Conviene entender la teoría de las catástrofes, con sus características (discontinuidad, divergencia, histéresis).
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Wislawa Szymborska lo dice en el mismo poema arriba citado, unos versos más abajo: “Qué exista la gente si quiere,/ y después que se muera uno tras otro,/ a ellas, las nubes, poco les importa/ todas esas cosas/ tan extrañas”.
Releo lo escrito hasta el momento y lamento no poder ir demasiado lejos, por ahora. Acaso porque tal vez no hay un “más lejos”. Todo está acá. Cuando uno aborda una historia, esto siempre tiene algo mecánico, fácil, digerible, es sencillo saber dónde empieza y dónde termina. Se trata de acumular hechos de manera ordenada. Pero el pensamiento opera de manera distinta. No hay pues final feliz ni triste. Lo que ha hecho el exceso de películas con nuestra imaginación pasa por convertirnos a todos en personajes, dentro de una historia con final que debe satisfacer al grueso del público. El final debe ser satisfactorio, allí se restablece la justicia. Entonces es cuando nos vemos abocados a buscar un final, una salida feliz para la nube de smog. Como si esta estuviera en las manos de una persona consciente, como sino fuera ella misma una encrucijada en la que nos ha metido la parte irracional de la especie, la parte inconsciente. Entonces proponemos alguna labor particular, como dejar de comer carne, empezamos a practicar el senderismo, sembramos un huerto, rechazamos el carro, la moto, y nos hacemos sujetos-individuos responsables. Tratamos de reducir nuestra huella de carbono al mínimo, en un país que representa apenas el 0,3% de las emisiones globales. Es un chiste, pretender resolver aquí, un problema global, pero es aquí donde estamos viviendo las consecuencias, es nuestra piel la que consume smog todos los días, nuestros pulmones son los que se enferman, nuestra sangre. Sin embargo, cualquier solución centrada en los individuos no deja de ser retórica, precaria. Ningún individuo puede prohibir los combustibles fósiles, los consumiremos hasta la última gota. Hay cosas qué hacer, por supuesto, desde el arte, la política, la pedagogía, para integrar nuestros residuos a la civilización. Pero todo eso no son más que visiones desde el otro lado del apocalipsis.
El personaje de La nube de smog, de Calvino, conoce a un obrero (Omar Basaluzzi), que le plantea al periodista, una solución desde la industria misma, una vía sindical para resolver la crisis del aire: “Purificar la atmósfera… ¡Que vaya (se refiere al director de la revista Purificación y también directivo de la industria contaminante) a contárselo a sus obreros! No será él quien la limpie… Es cuestión de estructura social… Si conseguimos cambiarla, resolveremos también el problema del smog. Nosotros, no ellos”.
De eso no hemos visto todavía nada en mi pueblo. El día que el movimiento sindical, seriamente afincado en reivindicaciones que Lenin consideraría economicistas, saque la cabeza a los problemas desprendidos a su actividad, habrá empezado una nueva época.
Volvamos a La nube de smog. El periodista caminaba todas las mañanas y las tardes por el barrio bonito de la ciudad, donde están situadas las oficinas de Purificación, busca señales, “¿Señales de qué? Señales que se remitían unas a otras hasta el infinito”. Suena al pensamiento ecológico. Empieza a encontrarse a unos personajes en carretas de dos ruedas tiradas por un mulo, transportando sacos de ropa blanca. La visión lo reconforta, le hacía un efecto sedante, “porque un carro de aspecto campesino en medio de una ciudad llena de automóviles, basta para recordarnos que el mundo no es del todo uniforme”. Eran los lavanderos, que cada lunes recorrían la ciudad entregando ropa limpia y recogiendo la sucia. Los sigue hasta Barca Bertulla, se llama, en el verde del campo. Al fondo, ve un prado de velas blancas, ropa tendida. Descubre, así, en las afueras de la ciudad, no solamente el verde del campo (que siempre estuvo ahí), sino también el pueblo de lavanderos, que se sostienen lavando la grisalla, a costa de ella. Sigue el narrador: “Yo daba vueltas por los campos blancos de ropa tendida y de pronto, al oír una carcajada, me volví. A orillas de un canal, sobre una esclusa, había el pretil de un lavadero y desde allí arriba, con los brazos arremangados, vestidas de todos colores, se asomaban las caras rojas de las lavanderas y reían y charlaban, las jóvenes con los pechos saltando debajo de las blusas, las viejas gordas con pañuelo en la cabeza, y movían los brazos redondos hacia adelante y hacia atrás en la espuma del jabón y estrujaban con un gesto anguloso de los codos la ropa retorcida.”
Alguien, siempre, se gana la vida dignamente limpiando las porquerías de otros. Y es como si así se encontrase el equilibrio perdido. Pero cada año se venden más aires acondicionados, y a medida que sube la temperatura, más aires acondicionados se venderán, por lo que unas industrias emergentes, todavía dentro del capitalismo y la agrilogística, hallarán siempre la manera de sacar provecho de la crisis. Y así se cierra una vez más este bucle, el extraño bucle.
Esto, sin hablar del viento, de las cosas del viento, las nubes son, ciertamente, cosas del viento. El viento que mueve con su mano transparente las cosas inanimadas. Miro por la ventana, el sol de la tarde se esconde tras la montaña, los pájaros revolotean sobre los últimos rayos de luz.
Referencias
Calvino, Italo. (1958). La nube de smog.
Morton, Timothy. (2018). El pensamiento ecológico. Paidos.
Morton, Timothy. (2019). Ecología oscura. Paidos.
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